El EJERCICIO de la CRÍTICA
Enrique Yáñez de la Fuente


Extracto de la publicación; “Arquitectura, Teoría, Diseño, Contexto”
En sus creaciones del funcionalismo radical de los años treinta, entre ellos el edificio para el Sindicato Mexicano de Electricistas, como su basta producción en el campo de la salud, con los numerosos hospitales, fue consecuente con los principios que orientaban su arquitectura: con la funcionalidad arquitectónica, la economía de la construcción, la identidad nacional y la integración plástica con la que se buscaba integrar a la arquitectura con las artes plásticas, como la pintura mural, la escultura y aún la decoración, para conseguir una expresión que identificara la obra con la tradición mexicana. Ello fue una guía que condujo a una mayor calidad en los espacios arquitectónicos destinados al pueblo.
Esos principios impulsaron su labor como difusor de la cultura arquitectónica y también, como teórico de la arquitectura.
Al afirmar que la teoría de la arquitectura es un cuerpo sistematizado de conocimientos que explican a la arquitectura como una actividad y sus resultantes, que por ello debe responder a las preguntas básicas de toda teoría:
Con las interrogantes: ¿Qué es la arquitectura?, ¿En qué consiste?, ¿Cómo se hace y cómo se valora?, ubicamos a Yáñez como teórico, ya que esto es lo que realizó y publicó en sus libros, principalmente en: Arquitectura, Teoría, Diseño; en él afirma:
Es importante definir qué es teoría o qué entender por teoría. La definición de teoría más acertada, la que se aproxima a lo que me parece conveniente; la que concibe como un cuerpo de ideas o conceptos organizados en forma coherente y sistemática, que tiene por objeto la explicación de los hechos o fenómenos que no aparecen en la realidad como obvios.
La teoría tiene dos aspectos: Uno, la Indagación, en el que se establece una hipótesis sobre los asuntos que trata de aclarar y donde la teoría aparece siempre con carácter especulativo, no dirigida a su aplicación en la práctica; y otro, el Doctrinario, que es un cuerpo de principios, pero a diferencia del anterior tiene por objeto su aplicación en la práctica.
La doctrina que sigue el autor es la que llama «racionalista de la arquitectura». La labor de un teórico no se limita a la indagación del ser y consistir en la arquitectura. Su verdadera misión es la de orientar la práctica profesional y la enseñanza, y esta misión la llevó a cabo ejerciendo la crítica en sus escritos, basada en los principios que guiaron su obra.
Su teoría, nacida, no de análisis filosóficos, sino de la reflexión de su experiencia profesional alimentada por su ideología de izquierda, le llevó a plantear el problema de la arquitectura de México en un camino divergente al de los teóricos de la burguesía, que podría resumirse en su frase:
“Arquitectura funcionalista para el pueblo; arquitectura de consumo o post racionalismo arquitectónico para la burguesía”. Al reunir sus escritos reconocemos al arquitecto íntegro, que podría servir de guía para los estudiantes de la carrera y para los arquitectos que quisieran llevar adelante sus principios: Arquitectura social funcional y económica para resguardar los dineros del pueblo, con la arquitectura nacionalista y moderna que exprese nuestra cultura.
El movimiento funcionalista
En la historia de la arquitectura, su revolución no la constituye el gusto estilístico, ni la introducción de invenciones constructivas, ni la adopción de un distinto lenguaje formal. Esta revolución, tomó el
nombre de funcionalismo y fue una nueva actitud radicalmente racionalista ante el problema arquitectónico.
Si bien, en todas las grandes épocas de la Arquitectura existieron principios lógicos o racionales, no económicos, pues esto no interesaba; estos quedaban encubiertos dentro de una superabundancia formal; mientras que el funcionalismo los desarrolló al límite posible y los hizo evidentes excluyendo reglas, fórmulas y formas consagradas por la tradición, pero carentes ya de su justificación original.
La nueva actitud fue el resultado de la conjunción de diversos factores, dos de ellos esenciales: la existencia de nuevos procedimientos y materiales de construcción surgidos del adelanto tecnológico del siglo XIX, que habían quedado inexpresados por el estancamiento conceptual de los arquitectos y, por otra, la aparición de doctrinas sociales que pusieron por primera vez en la historia, al hombre ordinario como sujeto fundamental de la arquitectura.
Los programas arquitectónicos dejaron de ser solo los de los grandes recintos dedicados al culto de la divinidad o los fastuosos palacios de los monarcas; en su lugar ocuparon la atención las habitaciones colectivas, las escuelas, los hospitales, los cines, los centros para el desarrollo físico, etc.
Para satisfacer las necesidades de las masas de población era necesario proceder con economía, por primera vez en la arquitectura. Todo ello es bien conocido, pero conviene destacar algunas particularidades de cómo ocurrieron las cosas.
Ya he dicho que por los años 30 surge el movimiento de renovación arquitectónica en México propiciado por Villagrán García y por el impacto que produjo en los jóvenes arquitectos la nueva arquitectura funcional europea, que conocimos a través de fotografías y por las publicaciones de Le Corbusier, que libraba una decidida campaña a su favor.
“Hacia una arquitectura” y su slogan tan repetido “La casa es una máquina para vivir” fueron el punto de partida de una elaboración doctrinal que adquirió un acento distinto, pues en tanto que Le Corbusier barría con las viejas posiciones académicas proclamando una nueva estética del mundo mecanicista moderno, nosotros enfocamos el racionalismo a una interpretación de utilidad eminentemente social. Veíamos que el funcionalismo representaba la liberación de la arquitectura de todos los prejuicios y absurdos acumulados durante siglos como normas de composición y comprendimos que el proyecto de un edificio debía ser un proceso creativo lógico:
Conocer a fondo las necesidades por cumplir, facilitar la realización de todas las funciones consiguientes; construir con los procedimientos y materiales apropiados sin mixtificarlos; disponer la forma y dimensiones de los elementos apropiadamente a su uso y concebirlo todo con un sentido de utilidad y economía.
En el país la actividad constructiva se concentraba en la capital que crecía incesantemente y apenas abandonaba su aspecto provinciano. La problemática arquitectónica la constituían, en el campo de la inversión privada, multitud de casas unifamiliares de clase media, aun cuando no faltaban algunas residencias, pequeños edificios de departamentos, edificios de despachos sin mayores pretensiones y, en la obra gubernamental, escuelas primarias, mercados, y algunos conjuntos de habitaciones de tipo popular.
Pero si el medio era aún pequeño en posibilidades, se tenían grandes esperanzas para el futuro inmediato. Ya se habían liquidado las últimas luchas militares entre facciones; el Presidente Cárdenas emprendía vigorosamente la organización de los trabajadores y campesinos para el logro de las conquistas prometidas por la Revolución; se aplicaba una política de distribución de la tierra para el desarrollo de los recursos agrarios; continuaba la construcción de presas y caminos iniciada por el General Calles; se establecían las bases para la electrificación del país y todo esto formaba en conjunto un panorama de actos y de obras de beneficio social que se manifestaban en la arquitectura.
Nuestra interpretación funcional era ésta: Proyectar lo útil, lo económico y en consecuencia de estas características obtener lo bello. El pequeño grupo, pero muy activo, de jóvenes arquitectos que pugnamos por la aplicación de estos principios, estuvo formado por Juan O’Gorman, Juan Legarreta, Cacho, Arai, Guerrero, Rivas y algunos otros que entendían la renovación arquitectónica ligada íntimamente a las reformas sociales.
La realidad, sin embargo, fue más compleja y nuestra posición arquitectónica resultó idealista. Las programaciones más avanzadas de nuestra Constitución de 1917, encajados en una estructura democrática burguesa, fueron inoperantes, frustrándose el proceso evolutivo. La burguesía a la postre triunfó y marcó el carácter de la revolución iniciada en 1910.
La arquitectura: expresión de la sociedad
Las esperanzas de liquidar los tremendos contrastes entre riqueza y miseria, entre alta cultura e ignorancia, entre salud plena y vida precaria, se apagaron al finalizar el período de Cárdenas. México creció en población y en riqueza, pero poco se logró en la distribución equitativa de ésta. Se multiplicaron los recursos bancarios, se fundaron industrias, muchas de ellas con capital extranjero, se desarrollaron los negocios en escala no conocida antes y el turismo se impulsó como fuente muy importante de divisas. En consecuencia, se han necesitado y construido espléndidas oficinas, comercios de lujo, hoteles de primera, cabarés. ¿Tendría sentido mantener nuestro funcionalismo puritano, nuestra arquitectura de mínimos de espacios, de costos, de comodidades, de austeridad y de restricción a los vuelos de la imaginación? Evidentemente no.
Las generaciones siguientes y nosotros mismos, le abrimos nuevamente cauce a los programas arquitectónicos a las que en conjunto llamaríamos exigencias sicológicas. Debe señalarse que en el otro campo tan importante o más que el privado en la producción arquitectónica, el gubernamental, tampoco fue sostenible el funcionalismo.
Con excepción del aspecto educacional, se ha carecido de una planeación en las obras públicas, que sea concebida para hacer llegar sus beneficios a la totalidad de la población, preferentemente a las capas más necesitadas, lo cual obligaría, sobre cualquiera otra consideración, a pensar los problemas arquitectónicos en función de máximo rendimiento con mínimo de inversión, tesis funcionalista que sólo se aplica en la construcción de escuelas.
En materia de hospitales y de habitaciones populares, por ejemplo, tenemos magníficas realizaciones, iguales en calidad y a veces superiores a las extranjeras, gracias a que los respectivos problemas no se han visto en extensión.
No mantengo nuestro pensamiento puritano funcionalista, por eso lo llamé antes “idealista”, pues la observación y la experiencia me han demostrado que la cualidad de hacer gustar y de emocionar tiene también un gran sentido social.
En resumen, por urgencias de expresión (de riqueza, de bienestar, de poderío, de actividad política y también de más altas aspiraciones) pronto recobró la arquitectura, después de la década del 30, su rango entre las Bellas Artes; volvió a ser problema de creación artística y por ende a manifestarse en pluralidad de corrientes que tal vez sea posible englobarlas en pocos grupos caracterizados por afinidades esenciales.
La corriente internacionalista es de las que, en general, toma poco en cuenta particularidades del medio, idiosincrasia ni grado de adelanto técnico. Su admiración neo porfirista por lo extranjero los mantiene atentos a las obras de los maestros consagrados, a quienes imitan sucesivamente: Le Corbusier, Gropius, Breuer, Niemeyer y ahora Mies van der Rohe. No es de extrañar, puesto que la mayor parte de las fotografías se publican en blanco y negro, que sus obras hayan excluido el colorido, una de las constantes mexicanas indiscutibles. Hay que distinguir de la anterior, por su actitud creativa, la corriente que podríamos llamar moderna simplemente, puesto que tampoco se advierte en ella preocupación expresiva nacional, pero que se apoya en sólidos y progresistas puntos de vista.
Los arquitectos que yo calificaría dentro de esta tendencia están animados por la ambición de realizar en nuestro medio obras que, valiéndose de los más modernos procedimientos constructivos y los materiales más eficientes rivalicen con las de países técnica e industrialmente muy avanzados. Tienen inventiva, son audaces y en mi opinión en su incesante afán de encontrar nuevas y diversas expresiones formales modernas, acusan, sin quererlo modalidades psicológicas mexicanas. La corriente arquitectónica nacionalista.
Por último, mencionaría yo la corriente nacionalista, tan fácil y encarnizadamente atacada por ciertos críticos. Arranca de la inconformidad de que, a partir del último cuarto del siglo XIX, la historia de nuestra arquitectura sea una sucesión de copias de todos los estilos, escuelas o modas que sucesivamente han prevalecido y marcado las vicisitudes de la arquitectura extranjera: los Premios de Roma, el Art Nouveau, la Exposición de Artes Decorativas, y del temor, porque la falta de perspectiva engaña, de que actualmente siga ocurriendo lo mismo (Le Corbusier, Niemeyer, Mies van der Rohe). Encuentra seguramente el grupo de arquitectos que proyectan con intención nacionalista, un contraste violento en nuestras ciudades entre muchas de las obras nuevas y el ambiente general, como hechas exclusivamente para la importante pero delgada capa de fisonomía internacional, con desprecio de la idiosincrasia del pueblo. Consideran que México es un país con personalidad acentuada, derivada en gran parte del sustrato indígena y que esto debería expresarse arquitectónicamente; que la arquitectura tiene que ser también un arma, contra la penetración de ajenas y discutibles “formas de vida”. Hay que confesar que estas preocupaciones siempre entrañan riesgos. Desechables y desechadas, como intentos nacionalistas, las imitaciones formales que hemos tenido de las arquitecturas colonial y precolombina; el futuro está abierto a las aptitudes creativas de los arquitectos mexicanos si se acepta la legitimidad de la inconformidad esencial. Alienta a estos arquitectos algunos logros que, como siempre, han sido reconocidos primeramente por la crítica extranjera y sobre todo la entrevista imagen de un México moderno, homogéneo, con personalidad definida y capaz de proyectarla en el panorama de la cultura universal.
No es difícil por lo anteriormente dicho suponer cuál es mi posición actual como arquitecto. Mi práctica profesional En la práctica de mi profesión he tenido oportunidad de proyectar y construir habitaciones individuales, casas de departamentos, habitaciones colectivas de tipo popular, escuelas y principalmente hospitales.
