Antonio Attolini, Arquitectura Emocional
Aquel que camina una sola legua sin amor, camina amortajado a su propio funeral.
Walt Whitman
Estas palabras del poeta Walt Whitman presiden el taller de Antonio Attolini y son la clara expresión del entusiasmo que este arquitecto ha manifestado por su profesión y que ha sabido imbuir en sus colaboradores. Así, todas las obras proyectadas y realizadas por este diseñador muestran claramente el gran conocimiento que tiene de los procesos constructivos y el fervor que ha puesto al llevarlas a cabo. De ello son testigos las múltiples edificaciones que durante más de treinta años han demostrado su calidad y su superación constantes.
Desde sus años de estudiante en la antigua Academia de San Carlos, Antonio Attolini se preocupó por conocer las diversas opciones dentro de la arquitectura contemporánea. Por entonces se inclinó hacia las enseñanzas de Richard Neutra, arquitecto vienés discípulo de Frank Lloyd Wright, quien proponía la inserción cuidadosa de las construcciones en su entorno, respetándolo y poniéndolo en valor; postura de un cierto regionalismo frente al cansancio de la arquitectura internacional.
Además, se formó dentro del taller de Francisco Artigas entre 1952 y 1955, principal abanderado en México de las ideas de Neutra, llevándolas a cabo en el nuevo fraccionamiento de Jardines del Pedregal; residencias de líneas audaces que tomaban en cuenta las conformaciones rocosas y la vegetación local tal y como también lo proponían el diseñador del fraccionamiento Luis Barragán y el exalumno de Neutra, Max Cetto, recién llegado de Los Ángeles.
Al iniciar su práctica profesional privada, Attolini realiza algunas casas en Jardines del Pedregal, 1958-60. Se trata de construcciones apegadas a los lineamientos de la arquitectura internacional, con grandes losas voladas, esbeltos apoyos, ventanales de piso a techo y limpios volúmenes prismáticos de tendencia horizontal; prevalece en estas obras una doble preocupación, la integración al entorno, valorando la belleza intrínseca de la piedra volcánica, así como una cuidadosa selección y un acertado tratamiento de los materiales constructivos. Estas dos características se mantendrán presentes a lo largo de su quehacer donde el sitio y la factura tiene siempre singular importancia, lo que le ha valido un reconocimiento por la calidad constante de sus edificaciones.

En 1966 un acontecimiento cambió el rumbo de sus tendencias plásticas y el abandono del estilo internacional; se trata de la terminación de la iglesia de Santa Cruz del Pedregal, sobre una estructura metálica inconclusa de José Villagrán. En esta ocasión comprendió que la mejor manera de celebrar a Dios era a través del amor al trabajo de la construcción y no por medio del lujo en acabados. Se propuso entonces recurrir a una serie de artesanos que, con el dominio de su oficio, fueran capaces de lograr una obra congruente, tanto con su destino como con el país y sus circunstancias, aboliendo el fasto y acogiéndose al misticismo real. Por otra parte, cabe apuntar que este proyecto se basó en lineamientos establecidos en la renovación litúrgica del Concilio Vaticano II, efectivos desde 1964, que buscaban una activa participación de los fieles. Esto se tradujo en una planta circular, para mayor integración de la comunidad con el oficiante. Asimismo, con una gran economía de medios se constituyeron los elementos necesarios a la liturgia, valiéndose de diversos objetos simbólicos.
Cabe agregar que en esta iglesia Antonio Attolini desarrolló un espíritu místico y ascético que seguirá patente en su trabajo, aflorando de manera especial en obras como la capilla de Tequisquiapan, 1970, el monasterio de Jesús María en San Luis Potosí, 1978 y una capilla particular en el Ajusco, 1984. Destaca especialmente el monasterio, por su perfil anguloso y cerrado que surge frente a la aridez de la sierra, con una pureza esencial que se opone al entorno extremoso.

Además, en estos casos ha utilizado materiales y técnicas locales, como un gesto más de integración y respeto, involucrando en la construcción a los integrantes de las poblaciones vecinas. este período es importante recordar algunos edificios, en los que va surgiendo y depurándose el vocabulario de su madurez. Construye dos sitios sui-generis de trabajo, el estudio para el pintor Gelsen Gas en Tlalpuente, D. F., 1975 y su propio taller en el pueblo de San Nicolás, Contreras, 1979; espacios a la vez austeros y generosos que auspician la creatividad de sus usuarios. También lleva a cabo en la carretera México-Querétaro, actualmente destruido y un rancho hípico en el Ajusco, ejemplos tempranos de su pasión por lo mexicano.


Se trata de una obra insertada en el movimiento arquitectónico conocido como regionalismo, que en México se denomina Arquitectura Emocional, de profundas raíces nacionalistas. Sus principales características, son el empleo de grandes volúmenes cerrados con pequeñas aberturas, acentuados por gruesos muros donde los vanos se dosifican y juegan un importante papel en el manejo de la luz; asimismo se emplean acabados naturales de trabajo artesanal, madera, barro y textiles, cuyas texturas y colorido provienen de lo popular, cuidando el mobiliario y los detalles de decoración por igual. Finalmente, elementos como los patios, el agua y la vegetación juegan un papel importante. En esta tendencia son innegables las lecciones de Luis Barragán y las enseñanzas de Matías Goeritz, quien acuñó el término de arquitectura emocional en 1954. Sin embargo, en el caso de Antonio Attolini hay que reconocer una particularidad en el desdoblamiento de los espacios, que se olvidan del ángulo recto; en efecto, sus habitaciones son muchas veces poliangulares, para adaptarse mejor, tanto a las funciones y la articulación entre ellas, como el terreno mismo, siguiendo respetuosamente sus accidentes.
Lo más abundante de la obra del arquitecto se encuentra en el rubro de casas habitación. Se inicia en esta corriente que busca tanto en los preceptos válidos de la arquitectura contemporánea como en lo vernáculo, con su propia casa en San Jerónimo, 1971.
Residencias funcionales y acogedoras expresan el lujo en la generosidad de los espacios y en los detalles de decoración artesanal diseñados por el propio Attolini, una expresión contradictoria de austeridad amable y hospitalaria, perfectamente armonizada; en este sentido sus obras hacen honor al texto colocado en una de ellas: “Esta casa fue hecha a mano”



Paralelamente ha destacado en el diseño de muebles, textiles, plata, madera y gres, con lo que todas y cada una de sus obras se ven enriquecidas. Entre sus obras podemos mencionar: la casa Alonso, 1980 Attolini, 1970, Marcos, 1981, Contreras, 1988, las casas Marín 1982, Méndez 1983, Echeverría, 1992, Gas, 1986 y Tlacopac, 1988.

Destacan las oficinas generales del Centro Lumen, 1983, donde conjugó los requerimientos de sus oficinas con un edificio para bodega. Introduce la curva como un acento dentro del diseño y elementos en concreto aparente. En la tienda Lumen Polanco, 1987, su fachada es un enorme muro de concreto aparente con una gran apertura circular al centro. Ha retomado el circulo en el comedor de Bardhal, 1989. Es una variante al conjugar el concreto aparente con los gruesos muros de aplanados de color, y la introducción de elementos curvos en el diseño. Queda patente la labor de Antonio Attolini, siempre renovada y en búsqueda de expresiones emotivas, sin claudicar en sus principios de funcionalidad, calidad y adecuación al medio, y dentro de un profundo amor por México. Toda una vida llena de fecundidad dedicada a la arquitectura, donde la docencia en diversas universidades siempre ha estado presente; ha sabido transmitir a las jóvenes generaciones sus conocimientos y su entusiasmo, por lo que se le puede considerar un verdadero maestro.




Arquitectura Emocional
“Antonio Attolini, pasión y oficio de la arquitectura”,Architecti, No. 17, Lisboa, enero-marzo 1993.
