viernes, mayo 1, 2026
José Villagrán GarcíaMonografías

Apuntes para una biografía

Por Ramón Vargas Salguero

Resumen del documento sobre el arquitecto José Villagrán García, realizado por el Arq. Ramón Vargas S. publicado en el No 4 de la revista: Cuadernos de Arquitectura del INBA, No 4, de enero de 1962.           Alejandro Gaytán C.


En México, el inicio de Ia modernidad, tanto en los aspectos teóricos como en la realización de las obras arquitectónicas, se efectuó partiendo de los conceptos y principios que se produjeron en las primeras acciones realizadas por el Arq. José Villagrán García.

Esto se concretó con Ia construcción de obras de arquitectura que ya no perseguían Ia reproducción indiferenciada de estilos pretéritos, inadecuados a nuestras circunstancias, y con esta nueva perspectiva se inició Ia modernidad en Ia arquitectura mexicana.

AI mismo tiempo que en 1925, en el Instituto de Higiene en Popotla, realiza Ia primera obra moderna en México, muestra que Ia aplicación de una teoría valida, ayudó a crear obras auténticas de arquitectura de su tiempo. No obstante que las suyas y muchas de las obras que se erigieron a partir de esa fecha, portaron Ia impronta de su orientación teórica.

Ciertamente que pretender explicar cualquier hecho, implica seleccionar uno. A esta parcialidad se viene a añadir, cuando se le analiza como teórico, una superficialidad que no para mientes en ignorar sus fundamentos, sus necesarias influencias, sus posibles aportes o sus también posibles discrepancias. Se ha estado en contra o a favor de él. Se le pregona como el único teórico en México, o se le oponen las teorías de Wright, Le Corbusier o de Van der Rohe, a las que se consideran Ia última palabra, Ia piedra filosofal del arquitecto contemporáneo; pero en ambos casos se hace, sin conocer plenamente lo que es teoría de Ia arquitectura; sin distinguir lo científico de lo subjetivo. Cabe decir que el maestro Villagrán es más comentado que leído; más leído que estudiado.

Entró al estudio de la arquitectura en la época que aún se consideraba que el ingreso a Ia historia, estaba determinado por Ia incorporación a los modos de vida europeos; tenía su correspondiente, en una teoría de Ia arquitectura reducida a una actividad practica de dibujo, algunas veces “a tamaño natural”, de los “órdenes” clásicos, con lo cual se procuraba Ia interiorización del estudiante con los únicos estilos decorosos para Ia arquitectura de cualquier tiempo y lugar.

Este rutinario planteamiento provocó en las juventudes de ese entonces, una reacción fácil de imaginar. No valía Ia pena ser arquitecto si lo que se les enseñaba y lo que de ellos se esperaba, se concretaba en saber manejar un muestrario de formas renuentes a adecuarse a las nuevas problemáticas que demandaba Ia reciente localización histórica. ¡Que de equilibrios con el material!, ¡que de acrobacias con Ia técnica!, ¡que de falsedades en las apariencias! El arquitecto creador se encontraba emparedado tras un fichero de formas antiguas:

Con esas circunstancias, el Tratado de Julien Guadet (1834-1908), que conocieron a través del curso de teoría, que tenía a su cargo el Arq. Francisco Centeno, constituyó una ventana abierta. Ahí se planteaban las características que debía reunir Ia obra de arquitectura y que ellos, los estudiantes, ya habían medianamente intuido. La arquitectura, les decía Guadet, debe de cumplir con Ia serie de necesidades que le plantea su tiempo histórico y su ubicación geográfica: debe de cumplir con sus Programas. Pero, además, debe ser verdadera, o sea, que concuerden con ella el material de construcción con su apariencia óptica, su forma con su función, sus formas exteriores con su estructura interna; que concuerde su forma con su tiempo histórico.

Y esto para aquellos estudiantes quería decir: ¡Soluciones nuevas a problemas nuevos! ¡El fin de los estilos!

Villagrán García José, expresó al respecto: … “No valía ser arquitecto creador, si lo que se nos estaba enseñando era a saber manejar un fichero de formas antiguas, calcadas y poco o nada aptas para solucionar nuestros nuevos y propios problemas”.

En México, el Tratado de Guadet se convirtió en el compendio de oraciones con que se acompañó a Ia tumba a los estilos clásicos.

Villagrán se convirtió desde entonces en el abanderado de Ia sinceridad, porque, solo siendo sincero, haciendo arquitectura sincera era posible lograr una arquitectura verdadera. había encontrado en Guadet el inicio de un planteamiento teórico que precisaba para proyectar las nuevas obras que se anunciaban. La arquitectura no era estática; ¡constituía en cada caso el fiel reflejo de Ia cultura dentro de Ia cual se erigía. ¡Debía ser verdadera!

Cuando recién titulado como arquitecto es propuesto para tomar a su cargo Ia catedra de teoría de Ia Arquitectura, es, como discípulo de Guadet, el que habla; el que ve en este, en sus enseñanzas, el instrumento para mejor orientar su propio hacer.

Así nos lo muestra el programa de su curso de 1930, que se inicia, a semejanza de los grandes tratados, con Ia importancia social de Ia arquitectura. Nada se habla del espacio; todavía es Ia construcción el medio expresivo de Ia arquitectura. Recordando con Guadet a Vitrubio establece que Ia arquitectura debe ser a Ia vez sólida, cómoda y bella; y a cada paso, hace hincapié en Ia sinceridad. Sinceridad en el planteamiento de los Programas; sinceridad el inicio camino para llegar a Ia verdad a Ia que se había endiosado- ·. “A Ia que Ruskin convirtió en una de sus siete lámparas. A Ia que Belcher colocó al Iado de Ia belleza como principio de Ia arquitectura.

No todos los que fueron sus discípulos aquilataron en su profundidad los conceptos de Guadet que Villagrán les exponía, pero no cabe duda de que Ia tenaz labor teórica que desde Ia catedra estaba llevando a cabo refrendándola siempre en su propio hacer,” consiguió al menos que el análisis de los Programas, antesala de Ia solución, así como Ia manifestación sincera de Ia estructura interna de los materiales empleados, de las técnicas constructivas, fueran pasos que en más o en menos, ya nadie podía desconectar de Ia creación artística”. Esta catedra significo una revolución dentro del gremio. Una evolución en Ia Escuela por el modo de entender Ia teoría de Ia Arquitectura, no porque dentro de ella se estuvieran explicando por primera vez conceptos hasta entonces desconocidos, pues el Tratado de Guadet estaba a su base; sino porque la revaloración que se hacía de la Teoría de la Arquitectura manifestaba hasta qué punto era una sólida cimentación teórica para soportar creaciones de mayor envergadura.

Desde entonces, los arquitectos de las nuevas generaciones con mayor o menor conciencia de su actitud han tratado de vivir en sus obras estos principios doctrinales”.’ Y en esto radica precisamente el mérito que rubrica a dicho Programa; en haber sabido ver en Ia teoría de Ia arquitectura no solo una investigación de principios, sino unos conocimientos cuya aplicación podía orientar Ia práctica profesional.

Quien se había desembarazado de Ia ceguera axiológica, (filosofía que estudia la naturaleza de los valores y juicios valorativos), que caracterizaba a su época, reconociendo en Guadet aquello que era posible utilizar como instrumento de orientación, revalorando dentro del instrumental del estudiante y del profesional de Ia arquitectura a Ia Teoria, pronto iba a iniciar Ia serie de preguntas que Guadet no iba a ser capaz de contestar. En este camino que emprendía, ya no había maestros.

Podemos suponer que esta sujeción de valores que a Villagrán se le manifestaba contradictoria no lo era para Guadet, quien además de no saber nada en cuanto a valores se refiere, no hace en su Tratado, más que dar razón de Ia cultura alcanzada en su tiempo. La primera o definitivamente nula investigación de los valores por Ia filosofía, se reflejaba en Ia teoria de Ia arquitectura. No nos debe pues extrañar que este problema subsista en Villagrán hasta aproximadamente 1937, en que aparecen los primeros esbozos por superarlo, paralelamente a los que surgen en los libros de filosofía de Ia fecha.

La teoria que muestra Villagrán en 1937, cuando retorna a Ia catedra, presenta Ia inclusión de Ia antropología a Ia teoria de Ia arquitectura, para estructurar Ias necesidades que demanda el hombre. Así, estará sujeto a cuatro principios, para hacer más explícita Ia definición tradicional de la conjunción de cuerpo y espíritu. El hombre se encuentra por los aspectos de tipo físico, que  “… exige de Ia arquitectura dimensiones, forma, disposición concorde con las cualidades físicas de su cuerpo, a proporcionar una puerta o un escalón; antes que nada, lo físico se impone …”. Un segundo aspecto es Ío vegetativo, que reclama un ambiente específico para cumplir con Ia evolución de los organismos vivos, que podemos encontrar ampliamente investigada por las diversas ciencias aplicadas. La tercera, al decir de los psicólogos, lo impulsa siempre a buscar de nuevas soluciones, al no satisfacerse con lo obtenido, y que Ia titula “instinto de infinito”. La irrupción del hombre en el mundo de los valores, lo significaría en un cuarto aspecto, el espíritu. “La necesidad de dividir para analizar, Ia tesis fundamentada que aquí se plantea, presupone Ia coexistencia armónica de estos aspectos vitales del hombre para reintegrarlo conceptualmente y plasmarlo en su arquitectura. ” “desintegrar su concepto es mutilar su naturaleza, es desnaturalizarlo”.

Redundante resulta aclarar que ha sido el olvido, en algunos casos, de Ia integral constitución humana, lo que ha motivado “obras deshumanizadas” que al acentuar exclusivamente alguno de sus aspectos, no alcanza a construir Ia morada del hombre, que ni es solamente ente físico, ni ente meramente espiritual al que le basten espacios escultóricos donde no halle cabida para sus exigencias físicas o biológicas, como lo han intentado algunas tendencias “esteticistas”.

Villagrán comienza utilizando Ia definición tradicional de arquitectura como arte hibrido que tiene que resolver cumplidamente exigencias extra estéticas; continúa con el análisis antropológico para clarificar cuales sean estas exigencias por satisfacer, en las que se incluyen tanto las necesidades físicas y biológicas, como las estrictas exigencias espirituales, y lo desemboca en los Programas, como Ia sistematización de las diversas formas vitales de reaccionar Ia compleja naturaleza humana ante lo geográfico -físico y lo humano local; o sea, ante su espacio y su tiempo.

Es de capital importancia entender que Ia forma de reaccionar ante el espacio y Ia cultura, varía en función de ese tiempo y espacio peculiares. Ser conscientes que, para cada problema específico, el Programa deberá ser diferente. En los documentos realizados por Villagrán, Ia estructuración del Programa, se produce como un análisis de las exigencias basadas en Ia constitución humana, y aparece, a partir de 1937, el espacio como medio expresivo de Ia arquitectura.

Ya habíamos anticipado que, en el Villagrán de 1930, severo expositor de Guadet, se entendía que Ia arquitectura se manifestaba por medio de Ia construcción. La arquitectura, por tanto, es construcción, sí, pero construcción de espacios en los cuales pueda morar el hombre integralmente concebido.

El siguiente eslabón es el espacio: Si ante un Problema dado, podemos establecer su Programa, al resolver este, nos conducirá a definir cuales espacios serán los característicos en cada caso y las soluciones que surjan ante un problema serán en principio, diferentes, puesto que cada una de ellas se ancla en tiempos y culturas distintas y produce por tanto espacios igualmente diferentes adecuados a su circunstancia. Ninguna civilización, hasta el momento, ha podido absorber tan completamente a las demás, para hacer posibles idénticas soluciones, dadas las diferencias culturales, físicas y económicas.

La arquitectura es para el hombre, pero para un hombre concreto, determinado científicamente. Nos encontramos ya en 1940. Villagrán tiene a mano las clases de filosofía de Morente y a través de él establece contacto con Max Scheler, con su ética, “uno de los libros formidables que ha engendrado ya en el siglo XX y trasciende a Guadet, que, establecía que para que una obra fuera bella debería ser verdadera.

La Teoria de Ia Arquitectura, que no había observado variaciones importantes, ve surgir en el fecundo siglo XIX una serie de tesis que procuran terminar con las edificaciones decorativistas acotando las cuarteaduras de esta teoría.

Durand es el revolucionario. Niega a Ia belleza el papel determinante dentro de Ia creación arquitectónica, estableciendo que son las conveniencias y Ia economía los principios de ella: Ia belleza es una resultante obligada de Ia observancia de aquellos principios: “La disposición es el único objeto de Ia arquitectura … “. “un arte como Ia arquitectura, que satisface un número tan grande de necesidades … que nos defiende contra Ia intemperie de las estaciones, podrá dejar de agradarnos?

Reynaud es La reacción. Reconoce que Ia arquitectura no debe olvidarse de ser conveniente, pero debe procurar también, ser bella: “No basta en efecto, que sus obras estén sólidamente construidas y dispuestas convenientemente respecto a los diversos usos a que se destinen; es preciso, además, que sus formas nos produzcan una impresión grata: necesitan ser bellas”.

Independientemente de los valores que proponían y de su limitada validez, lo importante por el momento es señalar como en todos ellos, al igual que en Guadet, podemos encontrar como sustrato común: Ia sujeción, la confusión, Ia indeterminación de los valores. ¿podrá dejar de agradarnos? i Pues Claro!

 Abundamos en ejemplos: los arquitectos los llaman “obra de ingenieros”; los críticos “obras deshumanizadas”; Ia gente les dice feas. ¡Que … “nada es bello sin ser conveniente!”. ¡Como no! El edificio de las Naciones Unidas, por ejemplo. Nuestros edificios de Correos, Bellas Artes y Relaciones Exteriores, son ejemplos que van de más a menos belleza y todos son “mentirosos”.

Era pues claro para el Arq. Villagrán que Ia teoria cojeaba. Y se podría entender muy claramente si se tenía en cuenta Ia teoria de los valores de Scheler, que determinaba Ia independencia absoluta de los valores, tanto del objeto en el cual se depositan, del conocimiento que de ellos se tenía, como entre ellos mismos en atención a su diferente materia.

No es preciso para que surja Ia belleza que se dé la conveniencia, Ia utilidad o Ia verdad, puesto que los valores tienen diferente materia: “Que los valores tienen su “materia” diferencial y no son solo formales, ha sido el gran descubrimiento de Scheler”. Si los valores son autónomos entre sí, no hay problema en aceptar que una obra edificada pueda ser al mismo tiempo útil y no bella, o bella y totalmente inconveniente, o útil y falsa. La validez de un valor no influye en Ia validez, positiva o negativa de otro valor.

Pero el problema no había quedado resuelto. Claro que podría considerarse desterrado de Ia Teoria cualquier intento de explicar un valor por medio de otro: la diferente materia de los valores hace que no pueda existir rozamiento alguno entre ellos. Pero con esto, y no obstante haber liquidado un problema que por veinte siglos aquejo a Ia Teoria de Ia Arquitectura, y en general a todo el arte, al impedir que Ia belleza fuera negada porque faltaba Ia moralidad, o Ia utilidad a Ia conveniencia, etc., no se había dado más que el primer paso. ¿Los valores son autónomos entre sí, muy cierto, pero cuales son los valores propios de Ia arquitectura? Trata de establecer cuales valores son inexcusables de presentarse en Ia obra de arquitectura; aquellos sin los cuales no puede entenderse una obra como siendo de arquitectura.

La obra de arquitectura se convierte en una conjunción de cuatro valores: ¡El útil, el lógico, el estético y el social!

Basta comparar cualquiera de las criticas -en el alto sentido del término- de Villagrán, con las de nuestros críticos o investigadores más sobresalientes, para apreciar Ia enorme distancia que va de unas a otras misma que hay entre una crítica fundamentada en una Teoria científica y por ende susceptible de comprobación, y las que se emiten al amparo de un relativismo anacrónico enarbolando como bandera Ia actitud de Baudelaire que decía: ” . . . transformando como tantos otros, mis gustos en principios.

Arq. José Villagrán García                              
Arq. Ramón Vargas Salguero