Juan O’Gorman

Juan Becerra Vila
Exalumno del Maestro O´Gorman, desarrolló una arquitectura funcional e Industrializada
Cuadernos de Arquitectura, INBAL, No 3)
Juan O ’Gorman fue indiscutiblemente uno de los más importantes miembros del grupo de jóvenes de jóvenes y talentosos arquitectos que de mediados de los treinta a mediados de los cuarenta, entusiasmados con la arquitectura moderna que, como consecuencia de todas las circunstancias de su tiempo, se imponía en Europa y en los Estados Unidos, emprendieron una lucha tenaz contra un medio tradicionalista y académico, para hacerla realidad en nuestro país.
Por una de las características más sobresalientes de su personalidad. Juan O ’Gorman será siempre un personaje polémico. Sus ideas sobre arquitectura, arte, filosofía, política, etcétera, fueron asumiéndolo cambios tan importantes en el transcurso de su vida, que no es posible referirse a ellas, sin ubicarlas en su momento correspondiente. Por lo mismo no debe extrañarnos que a O ’Gorman se le atribuyan afirmaciones que apoyen diferentes maneras de pensar en arquitectura, sin que tengamos porque dudar de la veracidad de estas afirmaciones.
Tengo la impresión personal de que la vida de Juan O ’Gorman constituyó un proceso, en el que, a partir de una etapa de una gran brillantez intelectual, que comprendió su juventud y parte de la madurez, se sucede un deterioro progresivo emocional y físico que culminará con su trágico final. Es en esta última condición en la que se va agudizando que él un sentido escéptico sobre las cosas y sobre la vida misma, que lo coloca primero completamente al margen de la arquitectura y después de la pintura, adoptando una actitud de devaluación de todo lo que él había realizado.
Sin inferir una coincidencia entre lo cambiante de su estado de ánimo y las marcadas contradicciones en que fue cayendo, en sus conceptos, en sus juicios de valor, en sus ideas en general, no deja de ser inquietante el pensar en una posible relación. En todo caso esto quedaría para el interés de los estudiosos de la mente y la conducta humanas.
En este proceso de cambio en lo relativo a sus ideas sobre la arquitectura, que tiene lugar en no más de una veintena de años, transita desde una postura firme y claramente avanzada hasta una postura radicalmente tradicionalista, de un extremo al otro.
Su obra arquitectónica realizada constituye una prueba irrefutable de este cambio. Entre las escuelas de su época avanzada y la casa-cueva de su etapa última como arquitecto hay un abismo que se antoja insalvable. Las primeras fueron el resultado de su concepción de la arquitectura moderna, funcional, racional, técnica, términos con los que solía definirla. La segunda en cambio resulta de una concepción diametralmente opuesta en la que la funcionalidad, la racionalidad y la técnica están totalmente ausentes, predominando en cambio una fantasía delirante. El sujeto de la arquitectura parece dejar de ser para él, el hombre actual, con sus necesidades reales, para suplantarlo, románticamente, por una especie de ente utópico cercano al pensamiento Rousseauliano. Una vuelta al origen, a las cuevas, a las cavernas.
Se hace patente aquí su conflicto existencial; no solo rompe con el pasado, sino que lo intenta también con el presente.
Las ideas de J O’G cuando impartió sus cursos en la escuela de arquitectura del Politécnico, tanto de Teoría de la Arquitectura como de Taller de Composición Arquitectónica, según nos pareció entonces a los que fuimos sus alumnos, y a algunos aún nos lo sigue pareciendo, fueron en todo su contexto, de una gran congruencia. Es posteriormente cuando nos parece encontrar contradicciones no solo con sus ideas anteriores sino entre las mismas nuevas.
El rescatar estas ideas, sin que influyan en ellas las nuestras propias, es algo que debemos proponernos quienes tenemos la ventaja de poder testimoniar al respecto. Aunque intentar esto tendrá que ser motivo no de una sino de varias pláticas, no resisto sin embargo la tentación de referirme a un par de ideas y aún a su patente contradicción posterior para ejemplificar lo que antes he expuesto.
En forma repetida J O’G nos habló, en apoyo a los postulados de la arquitectura moderna, de la absoluta posibilidad de belleza de las formas resultantes de la función, sin tener que recurrir a recetas o cánones y menos aún a la inspiración genial de los iniciados en los secretos de la estética. El insinuaba en este último sentido una especie de práctica esotérica.
Con la misma intención anterior solía hacer analogías entre la arquitectura moderna y una mujer desnuda, hermosa, saludable y armoniosamente proporcionada; y entre la arquitectura tradicional y formalista con una mujer que para tapar sus deformidades tiene que recurrir a corsés, polizones y afeites. Sostuvo también, que el devenir óptimo de la arquitectura sería su producción industrial y que por lo tanto obedecería al principio de “máximo de eficiencia por mínimo de esfuerzo”.
Con gran agudeza intelectual y con un ejercicio inteligente de la dialéctica explicaba justificaba y defendía la arquitectura moderna y al mismo tiempo con un agudo sentido del humor y una fina ironía criticaba a la arquitectura tradicional, formalista y académica.
Una veintena de años después exaltaría a Gaudí como uno de los más grandes arquitectos que ha producido la especie humana por realizar la Sagrada Familia, obra, según él mismo afirmó, carente de funcionalidad y utilidad, pero una obra de arte puro. (con el humor y la ironía que le eran característicos le hubiera llamado “pastel de albóndiga” veinte años antes)
Ponía, junto con Le Corbusier, a los ingenieros diseñadores de grandes puentes colgantes, presas, aviones, turbinas, etcétera, creadores de obras de indiscutible belleza, producto del cálculo científico y desprovistas de toda decoración superflua, como ejemplo a seguir por los arquitectos al realizar la arquitectura.
Después diría que las construcciones concebidas para ser útiles y funcionales solo llegan a ser ingeniería, pues requieren para ser arquitectura y sobre todo arte, de una especie de toque del arquitecto, pero sobre todo de la decoración finalmente –no se puede dejar de pensar con esto en una inversión del ejemplo anterior. Esta consideración sugiere también una jerarquización de valores, con la que la técnica y la ingeniería quedarían en el sótano, la arquitectura en el primer piso y el arte en el pent-house.
Debo insistir, sin embargo, que a pesar de estas obvias contradicciones, en el tiempo, los que tuvimos la oportunidad de asistir a sus cursos de Teoría de la Arquitectura y a su Taller de Composición Arquitectónica, y de compartir su convicción emocionada de que la arquitectura que se presentaba como nueva, no era sino la que, según lo había anunciado a mediados del siglo pasado Viollet le Duc, correspondía al hombre actual, a sus necesidades plenas, físicas y espirituales, a sus materiales y a sus recursos técnicos en general, tenemos la obligación moral de rescatar y hacer patentes las ideas del J O’G de la época que a nuestro juicio fue la más brillante y lucida de su vida
JUAN BECERRA VILA
