viernes, mayo 1, 2026
Editorial

“Practicas Culturales y Patrimoniales para el desarrollo sostenible de las ciudades históricas y contemporáneas”

En 1996 se celebró en Barcelona el Congreso de la (UIA) Unión Internacional de Arquitectos, en donde se decidió conmemorar el día mundial del arquitecto con el día mundial del hábitat humano de la Organización de las Naciones Unidas. Por ello, el primer lunes de octubre evocamos nuestro compromiso como arquitectos con nuestra sociedad y nuestras ciudades.

Por ello el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS), capítulo México y la Federación de Colegios de Arquitectos de la República Mexicana (FCARM) expresamos algunas ideas sobre las prácticas culturales y patrimoniales para el desarrollo sostenible de las ciudades.

Las metrópolis nunca habían albergado poblaciones de la magnitud actual. Entre 1950 y 2021, la población mundial se ha multiplicado por veinte y se prevé que esta tendencia continuará. En 2050, la población urbana se duplicará, y casi 7 de cada 10 personas vivirán en ámbitos urbanos.

El futuro del ser humano estará determinado por y en las grandes ciudades. Una vez que se edifica una ciudad, su arquitectura, la estructura física, el paisaje urbano, el patrimonio cultural y los patrones del uso del suelo pueden permanecer durante generaciones, como en la ZMVM, Zona Metropolitana del Valle de México que ha devorado a los asentamientos prehispánicos, y virreinales, que se niegan a morir, y subsiste su parcelario prístino, pero sin su arquitectura, dando lugar a un desarrollo insostenible.  

Las metrópolis se han convertido en parásitos; son colosales organismos que absorben la energía del planeta para sobrevivir; derrochadoras obstinadas y contaminantes incansables.

Durante los próximos treinta años se considera que unos 2,000 millones de personas incrementen la población en las ciudades del mundo, provocando un crecimiento exponencial de los recursos consumidos y de la polución causada.

La ZMVM es ejemplo de esta doble amenaza con el dudoso privilegio de ser una de las más pobladas y contaminadas del mundo. En 1900, su población era de 340,000 habitantes, hoy día sobrepasa los 22.5 millones, con 6 millones de automóviles en el corazón industrial del país, estos han erosionado la calidad arquitectónica, los espacios públicos, el patrimonio cultural y natural y han fomentado la expansión urbana sin control. 

Las ciudades deben planificarse para absorber el crecimiento urbano desbordado, proteger el patrimonio cultural y natural; para que puedan ser sostenibles, serán ciudades que ofrezcan oportunidades sin hipotecar su futuro, ni el de las futuras generaciones.

La ciudad es una metro-matriz complejo y cambiante de actividades humanas, culturales y efectos medioambientales. Planificar una ciudad sostenible requiere de la más amplia comprensión de las relaciones entre ciudadanos, patrimonio, servicios, política de transporte y generación de energía, y su impacto total, tanto sobre el paisaje inmediato como sobre su esfera territorial de influencia.

Para que una ciudad genere una auténtica sostenibilidad, todos los factores positivos deben entrelazarse, porque no habrá ciudades sostenibles hasta que la arquitectura, ecología urbana, la salvaguardia del patrimonio cultural y natural, la economía y la sociología puedan integrarse en la planificación urbana.

Las consideraciones medioambientales no pueden separarse de las culturales, pues la política destinada a mejorar el paisaje y salvaguardar el patrimonio favorece la calidad de vida de los ciudadanos. Las soluciones ecológicas y culturales se deben retroalimentar para construir sociedades más sanas, vivas y abiertas. Sostenibilidad significa una vida mejor para las generaciones futuras, basada en el proceso de sustitución de elementos en la memoria.

El concepto de sostenibilidad se debe aplicar a proyectos de recuperación monumental. Ciudades del mundo desarrollado han sufrido una inmensa desindustrialización en los pasados cuarenta años, dejando enormes solares abandonados, con un alto grado de destrucción en el corazón de sus centros históricos y culturales. 

Las ciudades deben concebirse como sistemas ecológicos y culturales es esta actitud la que debe dirigir nuestro enfoque para planificarlas y gestionar la explotación de sus recursos naturales.

La arquitectura realza la esfera pública de maneras diversas: dan forma a la silueta urbana, puntúa singularmente la ciudad, conducen la vista hacia su exploración y acentúa el cruce de las calles. Incluso en su más modesto nivel, el modo en que los detalles constructivos se vinculan a escala humana resulta significativo para el paisaje urbano. 

El más pequeño detalle tiene un efecto crucial en la totalidad. Cualquier edificio con cierta pretensión de belleza, como lo menciona Richard Rogers -este es, que trascienda lo cotidiano y eleve el espíritu de sus usuarios- debe contar con esos preceptos.

Los arquitectos debemos realizar edificios que al tiempo que sirven de marco de la vida ciudadana, deben responder a las necesidades específicas de los usuarios. Lo cual plantea la cuestión de cómo diseñarlos para que cumplan con los requerimientos exigidos. La vida moderna está cambiando más de prisa que los edificios que le sirven de escenario; así, un edificio industrial se puede convertir en un conjunto habitacional, de oficinas, o centro cultural. De este modo los edificios que resulten susceptibles de modificaciones tendrán una vida más útil y serán más eficientes en el uso de sus recursos, el patrimonio será sostenible. No obstante, proyectar esta flexibilidad de uso supone que la arquitectura, inevitablemente, se aleja de las formas fijas y perfectas.

Pero cuando la sociedad demanda edificios capaces de responder los requerimientos cambiantes, es necesario ofrecer flexibilidad e investigar sobre nuevas formas capaces de expresar belleza dentro de su funcionalidad.

Las nuevas ideas precisan de nuevas formas, y esto sirve para todos los edificios que albergan nuestras funciones cotidianas o nuestras instituciones, sean casas, oficinas, universidades, escuelas, hospitales o museos. Los edificios sin esta flexibilidad entorpecen el avance de la sociedad al inhibir posibles nuevas ideas.

Si los nuevos edificios deben responder a las necesidades cambiantes de la sociedad, entonces debemos igualmente considerar cómo adaptar un sinnúmero de edificios existentes que no cumplen esa premisa. Dejando aparte la conservación de los edificios de mayores dimensiones, la preservación de nuestro legado arquitectónico suscita una serie de cuestiones importantes.

Los edificios siempre han sido rehabilitados, reformulados, redecorados y sus instalaciones se han renovado durante su existencia en un proceso lógico y orgánico. La historia nos enseña que incluso nuestros mejores edificios se pueden modernizar para responder a las nuevas necesidades, creando un diálogo entre lo antiguo y lo nuevo.

Preservar la forma histórica de sectores urbanos de las ciudades también representa problemas. Una buena arquitectura contemporánea llevada a cabo con integridad y talento -que no afecte a las zonas patrimoniales más delicadas- puede complementar mejor al antiguo vecindario que los pastiches historicistas. Yuxtaponer viejos y nuevos edificios es una práctica que cuenta con una larga y honrosa tradición en todas las ciudades del orbe.

Muchas ciudades externan su prestigio mediante el contraste de las diferentes épocas de su arquitectura y paisaje. La conservación es, evidentemente, preferible a la demolición de un buen edificio y su sustitución por otro anodino, pero eso no significa que los edificios deban preservarse impidiendo toda innovación. No hay que restar ninguna importancia al hecho de ponderar nueva vida al legado arquitectónico.

Saúl Alcántara Onofre

Presidente ICOMOS

Victoria Rodríguez Mosqueda

Presidente FCARM