Honorato Carrasco Navarrete, Un Sentido Recuerdo

Constantemente me encuentro alumnos de mi papá que me refieren historias como esta:
Era especial el primer día de clases en la Escuela Nacional de Arquitectura de Ciudad Universitaria; los alumnos de primer ingreso estábamos nerviosos por las famosas “perradas”, mientras que los alumnos de los niveles superiores sentían la alegría por el reencuentro con los compañeros, contra el agobio que les causaba el cambio de ciclos anuales a semestrales; además de afrontar la fama de estrictos de muchos de nuestros maestros.

Se comentaba lo difícil de la clase de Estática de Rafael Farías o lo rigurosa que era la materia de Resistencia de Materiales de Peshard; en los talleres de proyectos nos ilusionaba compartir con personajes tan afamados como Augusto H. Álvarez o José Villagrán García. Una clase que destacaba y a la que todos se referían, era “México” impartida por tu papá, Honorato Carrasco Navarrete; era una clase diferente, envuelta en una divertida forma de aprendizaje sobre nuestras raíces, acompañada de sesiones con música de guitarra, corridos revolucionarios, recorridos históricos e inclusive, sobre el entendimiento de albures y refranes mexicanos.
Eran referentes la camaradería en sus clases de proyectos y edificación; nunca faltaba una anécdota chusca, un chiste picante o una reunión llena de bohemia y convivencia.
Eran comunes las fiestas en su casa de campo de Popo Park; donde llegábamos en grupos de profesores y estudiantes a departir en tertulias culturales, en los que se alternaban canciones de la trova yucateca o música de Atahualpa Yupanqui con disertaciones sobre la arquitectura vernácula mexicana y española.

Arq. Carrasco con su inseparable guitarra –
Esa magnética personalidad provocaba que su círculo de amigos y colegas compartieran su forma de vida; esta energía se extendía a personajes de la escuela de arquitectura, entre los que destacaban Luis Enrique el Chato Ocampo, Raúl F. Gutiérrez (otro extraordinario guitarrista), Domingo García Ramos (Bohemio y bromista), Jesús; el Charro Medina (su estimado compadre), René Capdeville (acuarelista El Taller de Honorato Carrasco Navarrete consagrado) o Carlos Contreras (el querido Camarón). Ellos marcaron una época y dejaron huella en cientos de estudiantes por generaciones que hoy retransmiten esas enseñanzas y ese amor a México, como lo hicieron Carrasco y sus amigos.

Sirva esta remembranza para subrayar que los mejores maestros no siempre son aquellos que se limitan a transmitir el conocimiento; más bien, son los que complementan el estudio, la amistad, la convivencia o el interés por la persona, los que dejan huella y son recordados por sus enseñanzas y buen trato.
Por ello, cada vez que alguien se me acerca y me dice “Como recuerdo a tu papá y su guitarra”; o bien, “que clases aquellas de México”, volteo hacia el cielo y le guiño un ojo a mi padre pensando para mis adentros: “Buen trabajo papá, aún sigues con nosotros”.
