sábado, mayo 2, 2026
MonografíasRoberto Eibenschutz Hartman

El Promotor de la Vivienda

Semblanza de Roberto Eibenschutz

Enrique Ortiz en Entrevista con Leonardo Garrido

Durante más de seis décadas, Enrique Ortiz y Roberto Eibenschutz compartieron caminos, proyectos y convicciones. Su historia común es también, en buena medida, la historia de los movimientos de vivienda popular en México, de los procesos de planificación participativa y de los esfuerzos por articular lo social con lo urbano desde el ámbito público. Recordar a Roberto, en palabras de Enrique, es mirar hacia una época compleja, pero también luminosa, tejida con ideas y acciones colectivas.

“Roberto nunca buscó figurar, pero siempre estuvo. Apoyando, empujando, con ética, con visión. Esos hombres son los que nos hacen falta”.

Primeros encuentros y afinidades compartidas

“Lo conocí ya en la acción”, afirma Enrique Ortiz, ubicando su primer contacto directo con Roberto en los años 60’s, en el contexto de la Sociedad Mexicana de Planificación. Desde 1965, Enrique trabajaba en proyectos comunitarios a través de COPEVI, una organización que promovía modelos alternativos de vivienda en zonas rurales, indígenas y urbanas populares.

Ese recorrido lo llevó a colaborar con figuras clave como Cuauhtémoc Cárdenas en el marco de la Sociedad Interamericana de Planificación (SIP), donde se comenzaba a discutir una nueva visión de la ciudad.

En ese contexto, Roberto Eibenschutz apareció como parte de una generación de arquitectos y urbanistas comprometidos con una transformación profunda del modelo de desarrollo urbano.

Su colaboración tomó forma concreta en la antesala de la Primera Conferencia de Naciones Unidas sobre Asentamientos Humanos (Vancouver, 1976). Enrique recuerda: “Yo les dije a los compañeros: “Oigan, tenemos que cacaraquear el huevo de lo que hemos hecho”, porque llevábamos más de una década trabajando en proyectos relevantes y poco visibles que sería importante compartir en Vancouver”.

“La cercanía no sólo era política sino física: Pancho Covarrubias, Roberto y yo vivíamos por la misma zona. La casa que usamos como sede de la Sociedad Mexicana de Planificación estaba a una calle de la mía. Yo hice el proyectito para adaptarla, y ahí empezamos a trabajar juntos más de cerca”.

Desde esa primera colaboración, surgió una alianza que marcaría buena parte del pensamiento urbano mexicano en las décadas siguientes. En Vancouver, Roberto y Enrique consolidaron vínculos internacionales con arquitectos, planificadores y académicos latinoamericanos exiliados o en resistencia frente a las dictaduras del Cono Sur. “Conocí a Marta Schteingart, a Jorge Wong, a varios chilenos y argentinos… muchos habían llegado a México huyendo, y aquí se armó una comunidad muy potente. Roberto fue parte de eso”.

Roberto Eibenschutz en el Estado: visión y compromiso desde lo público

Con el paso de los años, esa comunidad de pensamiento y acción fue dando forma a una nueva institucionalidad. A principios de los años ochenta, tras la creación de la Secretaría de Asentamientos Humanos y Obras Públicas (SAHOP), Pancho Covarrubias, invitó a Enrique a sumarse a la Dirección de Equipamiento Urbano y Vivienda, desde donde se dieron múltiples interacciones con la encabezada por Roberto. Fue en ese espacio donde se gestó una de las políticas más emblemáticas en materia de hábitat: el Primer Programa Nacional de Vivienda, que dio origen en 1981 Fondo Nacional de Habitaciones Populares (FONHAPO) en 1981. FONHAPO y la apuesta por la producción social

Roberto fue nombrado director general, donde su liderazgo fue especialmente relevante frente a los sectores más conservadores del aparato estatal. “Roberto fue muy claro, muy firme y defendió el asunto con mucha claridad”, rememora Enrique, “Él no imponía; escuchaba. Y

cuando decidía algo, lo hacía con base en lo que se había debatido. En ese sentido, era profundamente coherente y democrático”.

Enrique fue convocado por él inicialmente a ser gerente de operación de FONHAPO, y más adelante recibió el encargo de estructurar y poner en operación sus delegaciones regionales. “Fue una oportunidad muy interesante”, explica, “porque integró a gente joven”, muchos de ellos con experiencia de base en procesos sociales desde sus propios territorios.

La relación de confianza entre ambos permitió navegar las complejidades de un aparato estatal frecuentemente distante de las comunidades. “Yo me había peleado con el gobierno mil veces.

No entendían lo que queríamos hacer desde las comunidades.

Pero con “Roberto se podía hablar, vivía con la tranquilidad de quien actúa desde la coherencia”. Más allá del Estado: redes latinoamericanas y visión regional Con el avance del neoliberalismo, especialmente durante el gobierno de Salinas de Gortari, muchas de las instituciones que respaldaban una política urbana progresista se desmantelaron.

“Ya no había escucha para esto”, lamenta Enrique.

Sin embargo, la labor continuó desde otros frentes: Enrique fortaleció su trabajo en redes internacionales como Coalición Internacional del Hábitat (HIC) y colaboró con gobiernos progresistas en América Latina, manteniendo vivo el espíritu de las luchas compartidas con Roberto.

Roberto, por su parte, se mantuvo como interlocutor activo. Incluso tras ser promovido a Subsecretario de Desarrollo Urbano en 1985, sostuvo el apoyo y la confianza en los equipos con los que había trabajado. “Nunca dejamos de estar en contacto, Él seguía lo que hacíamos y nos alentaba a seguir adelante”.

Enrique enfatiza que Roberto no fue sólo un técnico eficiente o un académico respetado sino un aliado estratégico y un articulador de procesos profundamente democráticos. “siempre mantuvo una visión de cambio que también compartíamos”, señala. A diferencia de otros funcionarios, “  entendía muy bien la dimensión política de los procesos urbanos populares”.

Escuchar como forma de liderazgo

Para Enrique Ortiz, uno de los rasgos más definitorios de Roberto fue su capacidad de escucha, siempre trata de entender al otro, no de imponer. Y eso a mí me parece fundamental”.

Entre los años noventa y dos mil, aunque en distintos espacios, continuaron encontrándose en consejos, foros y plataformas nacionales e internacionales. “Coincidíamos en los Consejos

Nacionales de Planeación desarrollo Urbano y de Vivienda y Roberto siempre apoyaba lo que estábamos planteando ahí. Siempre fue un gran apoyo en las decisiones que teníamos”.

La última etapa de su colaboración, entre 2011 y 2025, representó un nuevo ciclo. “actuando juntos otra vez, con compañeros y organizaciones de gran experiencia”, comenta Enrique.

“Hasta el último momento estuvimos cada vez más claros en la lucha por un mundo para todos centrada en la preservación y disfrute de la vida”.

Su fallecimiento, fue una pérdida profunda: “Estábamos trabajando propuestas y fortaleciendo procesos transformadores juntamente con compañeros de camino. Fue muy doloroso perderlo justo en este momento, de grandes retos y esperanzas”.

El legado de un arquitecto social Roberto Eibenschutz no fue simplemente un funcionario público, ni un académico convencional. Fue, como lo describe Enrique, un “arquitecto de procesos colectivos”, un actor que supo trabajar desde las instituciones para abrir camino a las luchas sociales y a las formas populares de producción y gestión social del hábitat. “Siempre fue alguien que escuchó. Que apoyó. Que no imponía. Y que ayudó a avanzar. Eso me dio mucha fuerza para seguir peleando por ello”.

Ese legado no es sólo memoria: es también horizonte. “Muchas de las cosas que estábamos haciendo, las pudimos empujar gracias a él. Siempre fue un gran apoyo y estímulo”.

En una época en la que lo público parece a menudo divorciado de lo popular, la historia de Roberto -contada por Enrique Ortiz- nos recuerda que es posible construir puentes entre el Estado y los movimientos sociales, entre la técnica y la ética, entre el diseño y la justicia. Y que, para ello, quizá lo más importante sea saber escuchar y dar lugar central a lo afectivo.

“Fue una experiencia poderosa y de gran esperanza, que debo rescatar y escribir, para no olvidarla.”.

Este relato, en palabras de Enrique, es parte de ese rescate. Una memoria viva de un tiempo, una lucha, y un hombre que, sin buscar figurar, siempre estuvo donde se construía desde abajo. Con ética. Con visión. Y del lado correcto.