Vuelta al Origen

La historia del urbanismo moderno en Guadalajara es, en buena medida, la historia de muchas ciudades de América Latina —y quizá del mundo—: la historia de sueños que prometían un futuro mejor y que, con frecuencia, terminaron en naufragio. Y es también la historia de ideas importadas, de modelos copiados con entusiasmo, pero mal asimilados, de tropicalizaciones fallidas y de lecciones que rara vez se aprendieron.
A lo largo del siglo XX se persiguieron utopías urbanas que poco tenían que ver con nuestro origen, con nuestra cultura o con nuestro territorio. El sueño de la ciudad jardín de Ebenezer Howard, se intentó en 1943 en Chapalita; más tarde llegaron las aspiraciones modernistas inspiradas por Brasilia y la visión monumental de Lúcio Costa y Oscar Niemeyer, y después vendrían los suburbios influenciados por el fordismo norteamericano. Cada uno de estos modelos prometía un futuro más ordenado, próspero y “moderno”. Sin embargo, ese futuro rara vez llegó como se había imaginado.
Con el tiempo, el interés económico se impuso sobre la lógica urbana. El automóvil fue valorado por encima del árbol, y el beneficio privado por encima del bien común. La ciudad se configuró con una pirámide de movilidad invertida, donde el peatón ocupa el último lugar.
A finales del siglo XIX y principios del XX Guadalajara inició un profundo proceso de transformación que la llevó a abandonar la traza reticulada del Centro, para incorporarse a las tendencias europeas y norteamericanas en materia de trama citadina con trazos irregulares como se iban fraccionando los terrenos circundantes. Antes de la creación de las “colonias, la ciudad se organizaba en barrios tradicionales como Analco, Mexicaltzingo, San Juan de Dios y El Santuario, que datan de la época colonial. Las primeras colonias formales en Guadalajara fueron la colonia Americana y la Francesa, fundadas en 1898 y diseñadas por el arquitecto Ernesto Fuchs, sellando una expansión fuera del centro histórico. Con influencia europea, surgieron en el Porfiriato como opciones residenciales a los barrios tradicionales más antiguos.
A principios de 1900, brotaron colonias como la Lafayette, la Moderna y la Reforma, iniciando un abandono progresivo del centro histórico.
En los años setenta se fortaleció esta tendencia con fraccionamientos cada vez más lejanos, como Santa Anita, de los estadunidenses Bill Frees y Roger McCann, El Palomar o Ciudad Buganvilias contribuyeron a dispersar la estructura urbana y a dificultar la provisión eficiente de transporte, servicios e infraestructura. A su alrededor, proliferaron versiones reducidas de estos modelos: pequeños cotos cerrados que replicaban, la aspiración suburbana, y décadas más tarde, otro impulso de expansión se manifestó en fenómenos como Valle Real, de forma que habitantes que durante generaciones habían dado vida al centro, a barrios y colonias tradicionales se desplazaron hacia la periferia, por aspiración o por necesidad.
Mientras, arquitectos y urbanistas intentaban planificar la ciudad desde el escritorio. El mercado inmobiliario avanzaba con su propia lógica, ajena a cualquier proyecto urbano integral. Era un modelo de ciudad que no era consciente del daño que produciría.
Esta expansión territorial trajo consigo una dispersión social: muchos barrios perdieron cohesión y se debilitó uno de los elementos más valiosos de la vida urbana: la convivencia barrial.
Condición básica es: La ciudad es, por definición, Caótica, no entendida de manera despectiva, sino como parte de su naturaleza. El universo es, en fin, como una gran ciudad; para usar una comparación de Prigogine, (teoría del caos), que viene completamente al caso; como en esta, reina el orden y el desorden; hay bellas estructuras arquitectónicas, y también embotellamientos de tráfico.
La mayor parte de la realidad no es ordenada, sigue esta teoría, ni estable ni equilibrada, bulle con el cambio, el desorden, el azar, aunque es capaz de generar estructuras y ordenamientos no aleatorios. Las ciudades funcionan de manera similar. Complejas, diversas, inestables y vivas, que es la que les otorga identidad. Cada ciudad posee un modo particular de organizar su propio caos: Bangkok, Londres, Marrakech, Buenos Aires o la Ciudad de México y también Guadalajara, se distinguen por esa singularidad.
Cuando se camina por la Ciudad de México, por ejemplo, uno no puede dejar de asombrarse de que ese aparentemente caótico entramado de autos, personas, vendedores, cables, edificios y árboles funcione.
Frente a ese espectáculo urbano, la frase atribuida a Galileo parece inevitable: “y, sin embargo, se mueve”.
En contraste, ciudades como Brasilia —planificadas desde cero con admirable rigor— muestran las limitaciones de una planificación excesiva. Pese a su extraordinaria arquitectura, muchas veces producen una sensación de orden rígido, de vacío y de vida urbana limitada. Es una lección que data de 1956 y que, sin embargo, seguimos sin aprender del todo.
Entonces, si el caos es inherente a las ciudades, es ingenuo tratar de controlarlas mediante planes rígidos. Sería más sensato aceptar su naturaleza dinámica y aprender a gestionarla: concertar el caos, administrar la anarquía, establecer principios generales más que normativas exhaustivas.
Esto no significa renunciar al orden urbano, sino cambiar la perspectiva. En lugar de imponer esquemas cerrados, se trata de construir marcos flexibles que permitan orientar el desarrollo de la ciudad sin sofocar su vitalidad.
La experiencia demuestra que la planeación urbana tradicional, bidimensional (aplicada a ciudades tridimensionales) y normativa, suele estar desconectada de la realidad urbana. A pesar de la enorme cantidad de reglamentos y planes existentes, la ciudad continúa evolucionando de formas inesperadas. Con frecuencia, la norma termina sustituyendo al criterio.
En este contexto, comienzan a surgir con claridad algunos principios que deberían orientar el futuro urbano de Guadalajara. Entre ellos destaca la necesidad de complejizar la ciudad antes que seguir expandiéndola, reducir la huella ecológica del crecimiento metropolitano, crear más espacios públicos, priorizar formas de movilidad alternativas al automóvil, fortalecer el arbolado urbano y mejorar las condiciones para el peatón.
Para avanzar en esa dirección, algunas estrategias resultan particularmente relevantes:
- Modificar legislaciones y simplificar trámites para facilitar proyectos urbanos de calidad.
- Restringir el Coeficiente de Ocupación del Suelo y flexibilizar el Coeficiente de Uso del Suelo.
- Promover usos mixtos y complejidad urbana en tres dimensiones.
- Sustituir ciertos pagos o contribuciones por obras que mejoren el entorno urbano, como áreas verdes, equipamientos o espacio público.
Más que debatir sobre la altura de los edificios, convendría concentrarse en la calidad del espacio urbano que se genera a nivel de calle. La altura rara vez es el problema central; lo verdaderamente importante es el espacio público, el arbolado, la calidad ambiental y la vitalidad de las calles. Como señalaba Louis Kahn, “la calle es una estancia comunitaria”.
De ahí que resulte razonable permitir mayor flexibilidad en alturas, pero exigir a cambio mejores condiciones urbanas. Cada nuevo desarrollo debería representar una ganancia para la ciudad en términos de espacio público, algo tan simple como aplicar la donación de áreas de sesión en desarrollos verticales que además ya está contemplado en el Artículo 179 del Código Urbano para el Estado de Jalisco
Al mismo tiempo, es fundamental recuperar la idea de la ciudad como un espacio compartido. Hoy muchas ciudades se han vuelto excluyentes: lo privado prevalece sobre lo público, los ciudadanos se encierran tras murallas y los espacios colectivos se reducen. El coto tapatío, fraccionamiento urbano cerrado, podría tener sentido desde el adentro, desde la individualidad, pero resulta agresivo e incoherente desde el afuera, desde la comunidad, desde la ciudad y sus interacciones.
Asistimos entonces a una suerte de ruptura urbana, en la que las relaciones entre las partes que configuran el sistema de las ciudades están fracturadas. Lo que sigue, por tanto, es entender dónde están las principales fracturas, los más dolosos conflictos, y buscar una reconciliación urbana que exige reconstruir la relación entre el ciudadano y su ciudad. Esto implica reconocer la diversidad de funciones, actividades, redes sociales e infraestructuras que conviven en el espacio urbano. La complejidad urbana —lejos de ser un problema— es una condición necesaria para una ciudad viva.
A simple vista uno puede observar que existe una suerte de dicotomía intrínseca entre los faroles y los charcos, entre los balcones y los árboles, entre los cables y los sentimientos, entre los coches y los zapatos, los globos y la publicidad. Y es fácil también darse cuenta de la manifiesta rivalidad existente entre las puertas y el viento, entre los tejados y el cielo, entre los sombreros y los autobuses, entre las calles y las llantas, entre las flores y los periódicos, entre el ciudadano y la ciudad, pero también entre los ciudadanos mismos, y entre las partes que configuran la ciudad.
En este sentido, la diversidad de usos, la mezcla de actividades y la presencia constante de personas en las calles son elementos fundamentales. Como señalaba Jane Jacobs, las calles necesitan estar llenas de vida para funcionar verdaderamente como espacios urbanos.
El principal escenario de esta reconciliación debe ser el espacio público. Las calles, plazas y parques constituyen el lugar donde la ciudad se reconoce a sí misma. Allí se desarrolla la confianza colectiva, se construye ciudadanía y se fortalecen los vínculos sociales.
Recuperar el espacio público significa devolver a los ciudadanos la posibilidad de encontrarse, de caminar, de convivir. Significa también instalar el gobierno de los árboles, de lo verde, del espacio comunal.
La ciudad puede entenderse como un gran escenario donde los individuos representan su papel social. Cuando ese escenario desaparece o se deteriora, los ciudadanos pierden también parte de su identidad urbana. Se trata, en última instancia, de reconstruir una relación afectiva entre la ciudad y quienes la habitan.
En años recientes han comenzado a surgir señales alentadoras. Nuevas políticas urbanas, algunos cambios normativos y una renovada valoración de la vida urbana parecen apuntar en una dirección más prometedora. A pesar de los debates sobre fenómenos como la gentrificación, existe un movimiento gradual de retorno hacia los barrios tradicionales.
Quizá la señal más esperanzadora sea que las nuevas generaciones están volviendo a habitar las casas y barrios donde vivieron sus abuelos. Ese regreso paulatino al centro y a la vida urbana está contribuyendo a recuperar la vitalidad de la ciudad. Y no se trata de implementar nuevos modelos urbanos, se trata de atender a nuevas dinámicas sociales que han puesto a la ciudad configurada y sus oportunidades de recreación, convivencia y disfrute en el deseo de muchas personas que ya no quieren la vida de las periferias y sus espejismos, que optando por una ciudad viva y vivible andando. Es decir, nuestros hijos regresan a la casa de los abuelos.
Si este proceso logra consolidarse, Guadalajara podría reencontrar uno de los principios más simples y profundos del urbanismo: las ciudades existen para las personas. Es decir, debemos recuperar la vida urbana, premisa básica para generar ciudad y ciudadanía, para tener ciudades activas y latentes, tener espacios públicos usados por la gente, y así lograr ciudades más seguras, transitables, amables y bullentes.
