viernes, mayo 1, 2026
Editorial

Arquitectura Tapatía: Tradición, Modernidad y Continuidad

Claudia Rueda Velázquez

A las obras de los arquitectos tapatíos se les han dedicado numerosas páginas en revistas especializadas de arquitectura, lo que da cuenta de la temprana atención que despertó su producción.  Luis Barragán, arquitecto mexicano y tapatío, fue el primero en publicar su obra (la Casa Cristo, la Casa González Luna y la Casa Aguilar) en revistas estadounidenses, revela el surgimiento de una arquitectura distinta en nuestro contexto mexicano, y el inicio de una forma de proyectar profundamente vinculada con el entorno y la especificidad del lugar.

Hacia la década de 1920 Luis Barragán, junto con sus colegas, Ignacio Díaz Morales, Rafael Urzúa y Pedro Castellanos, proyectan una morfología de la casa habitación que recupera elementos de la tradición arquitectónica local, frente a la moda dominante de los chalets. Este grupo de ingenieros proponen una arquitectura más enraizada en la experiencia del lugar. Visto en retrospectiva, buena parte de la arquitectura posterior parece encontrar en estas obras un antecedente decisivo, donde la tradición no se reproduce literalmente, sino que se transforma en materia del proyecto.

Este periodo inicial, entendido como un camino hacia la modernidad, encuentra su punto de inflexión en 1936, cuando los integrantes de aquel grupo de ingenieros siguen trayectorias distintas. Luis Barragán marcha a la Ciudad de México en búsqueda de una arquitectura propia; Rafael Urzúa regresa a su pueblo natal, Concepción de Buenos Aires, donde continúa proyectando; Pedro Castellanos opta a especializarse en la arquitectura vinculada a su vocación sacerdotal; mientras que Ignacio Díaz Morales prosigue su camino entre la reflexión teórica, la docencia y una creciente influencia en la transformación de la ciudad. Esta dispersión no sólo marca el cierre de una etapa temprana de búsquedas compartidas, sino que también revela las distintas maneras en que la modernidad comienza a ser interpretada                         

La continuidad de Díaz Morales en Guadalajara y su labor en favor de la ciudad da origen a la Escuela de Arquitectura en 1948, constituyéndose como la tercera escuela de arquitectura en México. En ella imparten clases arquitectos, ingenieros e intelectuales tapatíos, arquitectos foráneos y con el apoyo de colegas de la Escuela Nacional de Arquitectura (ENA) de la UNAM. Hacia 1953, la primera generación de arquitectos comienza a construir antes de concluir formalmente sus estudios; es en casas habitación, en los nuevos fraccionamientos y barrios de la ciudad, donde estos jóvenes experimentan y convierten la vivienda en un verdadero laboratorio formal.

En 1958, la revista Arquitectura México publica el número 61, un monográfico dedicado a Jalisco, el cual es coordinado por el arquitecto Julio de la Peña Lomelín, uno de los profesionales más prolíferos de la ciudad y figura de notable influencia entre los alumnos de la Escuela de Arquitectura; de una u otra manera, buena parte de ellos colabora en su taller. Más que un simple repertorio de obras, la publicación permite advertir cómo una arquitectura moderna comienza a tomar forma en la ciudad, ensayando distintas maneras de interpretar la modernidad desde el contexto local.

En sus páginas aparecen algunos de los ejemplos de casas habitación construidas por egresados y profesores de la escuela; obras que revelan la preocupación constante por dos condiciones fundamentales del proyecto: El clima y el Sitio. A partir de ellas, la arquitectura incorpora espacios intermedios —porches, terrazas y patios— que amplían la vida doméstica hacia el exterior y median entre la casa y el paisaje. En los recursos constructivos se advierten dos direcciones complementarias: por un lado, la permanencia de técnicas tradicionales, a veces cercanas al trabajo artesanal; por otro, la incorporación de nuevos materiales y procedimientos propios de la construcción moderna.

Entre las obras publicadas figura el Mercado Libertad obra de Alejandro Zohn, base para comprender la modernidad y las transformaciones urbanas que comienzan a desplegarse en la ciudad. Ante la creciente necesidad de infraestructura y equipamiento, se inicia una intensa producción de obra pública impulsada tanto por el municipio como por programas federales, configurando un periodo de expansión urbana no exento de tensiones entre planificación, crecimiento y tradición. En este proceso participan también algunos arquitectos de la Ciudad de México, cuyas obras se suman al panorama local. En ese contexto, en 1962 aparece el segundo monográfico dedicado a Jalisco por la revista Arquitectura México. En él se despliegan obras de mayor escala, al tiempo que se incluyen trabajos de los profesores extranjeros que llegan a establecerse en Guadalajara y que su influencia comienza a sonar en el debate arquitectónico local. Salvador De Alba, Erich Coufal y Horst Hartung son algunos de los profesores publicados.

En 1969, la revista Arquitectura México publica el tercer monográfico —número 101— destinado a la arquitectura de Jalisco. A diferencia de las publicaciones anteriores, este número ya no se limitaba a reunir obras, sino que planteaba una serie de preguntas dirigidas a reflexionar sobre la arquitectura moderna desde la perspectiva de sus propios actores. Más que ofrecer respuestas definitivas, el número revela un momento de reflexión, en el que la modernidad local comienza a ser objeto de revisión crítica.

La última monografía sobre el estado de Jalisco fue publicada en 1972 por Artes de México. En sus páginas se presenta un amplio recuento de las artes y de la arquitectura del estado. En el ámbito artístico se incluyen textos sobre José Clemente Orozco y una revisión general de la pintura tapatía. Asimismo, varios artículos abordan el desarrollo histórico de la ciudad y su arquitectura religiosa, mientras que uno de ellos se centra en la arquitectura moderna hasta la década de 1970, en la que ya comienza a perfilarse una nueva generación de arquitectos.

La generación de las décadas de 1980 y 1990 se forman estudiando o conviviendo con los ingenieros pioneros, estableciendo un puente entre las experiencias fundacionales y las búsquedas posteriores. Destacan un grupo de jóvenes arquitectos —Juan Palomar, Hugo González, Sergio Ortiz, Emilia Orendain y Enrique Toussaint, entre otros— que realizan proyectos que insisten en la continuidad de la tradición local. Es nuevamente la casa habitación el territorio privilegiado de experimentación. A través de ella, y mediante una renovada reivindicación de la tradición, estos arquitectos comienzan a formular un canon doméstico que prolonga ciertas constantes de la arquitectura tapatía, al tiempo que las somete a nuevas interpretaciones.

De forma paralela, otros arquitectos —incluidos algunos formados en la propia Escuela de Arquitectura que ya traspasaron la experiencia de la modernidad— explora caminos distintos como Leopoldo Fernández Font, Félix Aceves Mejía, Andrés Casillas, entre otros. En sus propuestas se advierte el intento de ir más allá de los postulados modernos, experimentando con nuevas expresiones formales y materiales. Entre estas dos posiciones —la continuidad crítica de la tradición y la búsqueda de otras posibilidades formales— se configura buena parte del horizonte arquitectónico de Guadalajara en las décadas finales del siglo XX.

Las décadas entre siglos se identifican una serie de arquitectos herederos de una larga tradición, en cuyas obras resuena todavía el eco de sus maestros. Esta generación, — Name Arquitectos, Ricardo Agraz, Álvaro Morales, Miguel Echauri— y algunos extranjeros como Paulino Di Vence, su arquitectura oscila entre la continuidad del lugar inclinándose más por la atención a las tendencias del momento.

En estás recientes décadas puede identificarse una nueva generación de arquitectos que, organizados en despachos como Macias Peredo, Atelier Ars, CoA Arquitectura, SPRB Arquitectos, Mendoza Partida, entre muchos otros, han emprendido una revisión crítica del pasado para enfrentar los desafíos de la arquitectura contemporánea. Sus propuestas se desarrollan en un campo de tensiones donde confluyen tradición, modernidad y la persistencia de una cultura del lugar profundamente arraigada en la arquitectura de Guadalajara.

En este contexto, la arquitectura tapatía mantiene una posición singular dentro del panorama arquitectónico mexicano e internacional. En estas obras puede leerse una postura que no busca una ruptura radical con la tradición, sino un retorno reflexivo a ella: reinterpretarla, ponerla en tensión y, en ocasiones, desplazarla para responder a nuevas condiciones culturales, urbanas y constructivas.

Este breve relato, que condensa más de un siglo en pocas líneas, no pretende teorizar ni cerrar el tema, sino ofrecer algunas claves para acercarse a la selección de obras que aquí se presentan.

(Nota: En Marzo de 11969, nuestra Revista Calli dedicó el número 17 a la publicación de obras de los arquitectos de Jalisco: Horst Hartung, Eric Coufal, Alejandro Zohn, Javiero Gómez Álvarez, Enrique Nafarrete, Salvador de Alba e Ignacio Martínez.

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