El sincretismo del paisaje mexicano.

México es uno de los países de América Latina con la mayor diversidad paisajística. Entre el Mar Caribe y el Océano Pacífico, entre el Río Bravo y América Central se encuentran las florestas de Yucatán y la costa del Pacífico, la Sierra Madre que lo acompaña en toda su extensión, con los volcanes en el área central y el eje desértico paralelo a las montañas. Por esto, las antiguas civilizaciones – como la Azteca y la maya – establecieron un vincula mítico con la espesura que devoraba los asentamientos mayas y los volcanes que amenazaban a los aztecas. La presencia humana antes la naturaleza salvaje se manifestaba en la rígida geometría de los espacios abiertos, la regularidad de las pirámides y las plataformas para la práctica de los rituales religiosos y lúdicos. Con la llegada de los colonizadores se impone una nueva expresión territorial y se niegan los valores de la existente. La ciudad y los conventos-fortaleza constituyeron los espacios de vida de los españoles y reproducen los modelos de la península ibérica con su característico componente árabe. La naturaleza, según Schjetnan, es limitada a los atrios arbolados, a los huertos-jardines con sus Fuentes en los conventos y a las plazas de los zócalos urbanos. En la segunda mitad del siglo XIX, con el crecimiento de las ciudades, surgen las alamedas y los parques públicos diseñados bajo las influencias francesa e inglesa. Las plazas centrales con quioscos, construidas por el gobierno de Porfirio Díaz y que instauraron el núcleo de la vida social urbana en todo el país, tuvieron una fuerte presencia en el imaginario urbano.
El espacio verde abstracto del movimiento moderno difundido en los años treinta del siglo pasado en América Latina fue rápidamente transformado en una interpretación local adaptada a la geografía accidentada del país y a su relación con la heredad histórica. El arquitecto Luis Barragán (1902-1988) fue discípulo del francés Ferdinand Bac y es considerado el padre del paisajismo moderno mexicano, Barragán establece una franca diferencia entre la geometría cartesiana de la arquitectura y la libertad expresiva de la naturaleza formada por el agua, los árboles, las plantas, las flores y la irregularidad de los terrenos de origen volcánico. Para él era fundamental además el diálogo con la naturaleza para recobrar la paz spiritual y el indispensable silencio, perdidos en la vorágine urbana. Fue el primer arquitecto latinoamericano en obtener el Premio Pritzker (1980). En 1945 crea la urbanización Jardines del Pedregal, en la periferia de la Ciudad de México, ubicada sobre un oscuro terreno de lava cuyos estratos y capas fueron aprovechados para organizar la irregularidad de los espacios públicos verdes, llamados “jardines telúricos”.

Posteriormente en otros proyectos de espacios verdes –como Las Arboledas o Los Clubes- alterna la naturaleza del lugar con espejos de agua y muros cromáticos que sugieren los silencios de las pinturas del italiano de Chirico. El hecho interesante sobre Barragán es que abre dos caminos en la cultura arquitectónica y paisajística mexicana: la abstracción geométrica dura y silenciosa asumida por los aztecas combinada con el neoplasticismo –que tiene su continuidad actual en el arquitecto Fernando González Cortázar- y la expresión surrealista, desarrollada en su asociación con Mathias Goeritz, con su versión
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onírica en los jardines de Xilitla, del excéntrico ingles Edward James. Esas tendencias se resumen en el proyecto de la Ciudad Universitaria de México (1950-1954), ejemplo del maduro interés entre modernidad y tradición, entre urbanismo, arquitectura y paisaje. La Ciudad Universitaria fue una expresión “regionalista”, que curiosamente no es reconocida por el historiados ítalo-argentino Enrico Tedeschi (1910-1978) en su análisis del paisajismo regional incluidos en el libro América Latina en su arquitectura (Unesco, 1975) editado bajo la
dirección de Roberto Segre.
