Enseñanza de la Arquitectura en México en el Siglo XXI
La inercia del pasado o el sentido del presente

arq. Blanca E. Paredes Guerrero
Arquitecta por la Universidad Autónoma de Yucatán, UADY. Doctora por la UNAM. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores del CONACYT, Nivel II. Desde 1979 profesora de la Facultad de Arquitectura de la UADY. Miembro de la Comisión de Evaluación de la ASINEA 214-2022. Evaluadora de Planes y Programas de estudios en la acreditadora ANPADEH. Coordinadora del Programa de Doctorado Interinstitucional en Ciencias del Hábitat, DICH, por la UADY. Ha participado como autora, coautora, editora y coordinadora de numerosas publicaciones.
A la interesante pregunta formulada para este trabajo, acerca de ¿cómo debe ser la enseñanza de la arquitectura en un mundo en transformación, en lo particular en México, atendiendo a la diversidad de nuestro desarrollo?
La reflexión de partida es sobre la enseñanza de la arquitectura en la actualidad, su estado como proceso epistémico desde lo pertinente y vigente en el mundo contemporáneo, lo cual implica abrir un abanico de aspectos críticos que en las últimas décadas han emergido en torno a dicho proceso de enseñanza-aprendizaje. Sin embargo, en este breve trabajo sólo me referiré de manera general a tres consideraciones que desde mi punto de vista son insoslayables para enfocar la revisión del acontecer en la enseñanza de la arquitectura que encaminen líneas sobre los sentidos hoy de la enseñanza de la arquitectura.
En primer término, al desbalance que existe en el universo de 585 programas de arquitectura activos en México, entre la persistencia de modelos de enseñanza tradicionales y la realidad socio-natural-cultural del mundo contemporáneo. En segundo término, el desarrollo, prácticamente detenido, de la teoría y la crítica con su consecuencia en la educación. Por último, la desconsideración de la arquitectura como cultura que involucra el cultivo de la habitabilidad en la naturaleza del planeta.
En México hasta el presente, ha prevalecido el modelo de enseñanza de la arquitectura que, en el mundo occidental, imprimió la escuela alemana BAUHAUS al comenzar el siglo XX (precedida por el modelo de las academias en el siglo anterior y por el de talleres de oficios mucho antes)
definiéndose entonces como una disciplina y por tanto, con un determinada estructura del conjunto de conocimientos y teorías para la práctica autorizada mediante la enseñanza institucionalizada.
No obstante, los antecedentes de la primera escuela de arquitectura en el país se remontan al siglo XVIII, en 1929 con la autonomía universitaria se
establece la Escuela Nacional de Arquitectura formulándose las preguntas de qué y cómo enseñar. EL conjunto de conocimientos se agrupó en tres áreas de competencia de la disciplina: la de diseñar o proyectar, la de edificar o técnica constructiva y la de reflexionar o teorizar con la historia, aunque la relación teoría-historia no ha sido siempre armónica.
EL comienzo de la segunda mitad del siglo XX vio nacer en México numerosas escuelas de arquitectura públicas en las diferentes entidades federativas del país que, siguiendo el modelo de la Escuela de Arquitectura de la UNAM en general y los planes de estudio también se organizan en una tríada de aspectos considerados esenciales, a los cuales les correspondían la práctica del diseño y de la construcción básicamente.


En general, hasta el presente aquel modelo ha prevalecido pero la realidad del mundo y sus transformaciones ha impuesto a los arquitectos nuevas y múltiples necesidades para entender y atender el hecho de habitar, que ya no se circunscribe a una pequeña sección del planeta, por el contrario, las consideraciones que en el actuar del arquitecto deberían estar presentes hoy en día, son los muy largos alcances del impacto de sus obras en los territorios y en el tiempo. La idea de que no hay más responsabilidad que con la obra en sí y lo aledaño, ha caído ante la evidencia por ejemplo de las huellas ecológicas o de la destrucción de amplios modos de vida.
Todo ello podría explicar por qué ha emergido una importante diversidad de prácticas profesionales que aún no se han rearticulado en las escuelas como conjunto de necesidades y conocimientos nuevos que aporten y estructuren modelos educativos acordes a las diversas dimensiones que hoy son abarcables desde la disciplina.
Continua la inmensa mayoría de escuelas de arquitectura en México, como si la sociedad, los espacios habitables y el planeta fueran los mismos de hace cincuenta años, siendo que las transformaciones en el mundo habitable, al menos desde los años ochenta del siglo pasado, son cuantitativa y cualitativamente tan significativos que las obras del hombre
en general y de la arquitectura en particular, ahora se identifican, en muchos casos, como amenazas para la vida; aspecto lo suficientemente crítico para repensar la arquitectura, su huella en el planeta, y cómo modificar la enseñanza de la arquitectura.
Ha ocurrido que, no obstante, se han sumado parciales conocimientos de otras disciplinas en los programas de estudio, por ejemplo, de las ciencias naturales y de las ingenierías, el modelo educativo y los procesos de enseñanza aprendizaje prevalecen como si a una vieja estructura se le incorporan y “acomodan” elementos que “apuntalan” a ese antiguo edificio educativo.
El segundo aspecto crítico, en estrecha relación con el primero, es el sumamente pobre desarrollo de la teoría y la crítica de la arquitectura en México que, si bien cobró cierto impulso desde la UNAM y la UAM permeando a otras escuelas nacientes en las universidades estatales, poco más adelante, entre los siglos XX y XXI se transitó hacia un antiguo enfoque de la teoría y la historia en los planes de estudio consistente enla profusa exposición, descripción y ningún o muy poco análisis de arquitectos y sus obras que ha devenido en la “arquitectura de autor” como la idea-objetivo formativos de muchas escuelas de arquitectura, muy fortalecida con la proliferación de escuelas privadas en el país, donde consistentemente sus programas de materias teóricas están instalados en esa vieja manera de entender la teoría.
Los Congresos de la ASINEA son un buen reflejo de la carencia de desarrollo teórico, toda vez que comenzó a organizar desde 2014 una línea dedicada a la reflexión en sus reuniones académicas, con la aspiración inicial de abrir discusiones que se orientaran también hacia la reflexión teórica y crítica, a su desarrollo, pero en general no fructificó en ese sentido después de ocho años, se ha observado que se presentan reflexiones en niveles ciertamente muy básicos, y son sin duda un termómetro de la ausencia que prevalece entre los arquitectos docentes de abordar el desarrollo de teórico.
Como hemos sabido desde siempre, es con la teoría cómo es posible aproximarse a la comprensión de la realidad y, en materia de formación, también puede contribuir a la formulación de planteos que reorienten el devenir inerte de la disciplina en México, y que reformule los sentidos que la deben dirigir en el mudo presente.

Como último aspecto crítico, refiero un elemento que pareciera obvio, pero de ninguna manera lo es, y es definir la arquitectura también como cultura,
y señalo esto debido a que no tiene que abandonarse sus caracterizaciones ya antes reconocidas, es decir, la arquitectura como oficio, arte y disciplina, este recorrido histórico puede y debe prevalecer tanto en su justa dimensión como en su justa situación, sin embargo, concebir la arquitectura como cultura modifica de manera importante la posición de esta disciplina en el mundo.
Tan solo este aspecto amerita mucho que exponer, pero aquí de manera sucinta, señalo que conceptuar la arquitectura como cultura altera su protagonismo acostumbrado ahí donde el hecho de habitar el mundo desde la cultura y el cultivo de la vida de todos los seres vivos es lo prevalente, así la arquitectura, sin homocentrismo, debe integrarse a los modos de vida de manera fluida, eficaz, eficiente, armónica con la vida misma.
No es un asunto de adecuarse al “entorno” o al “contexto” sino es ser, estar y crear cultura habitable, la arquitectura constituye uno de los elementos indispensables, pero no el único del habitar humano, de manera que no se pueden ignorar aspectos como que: la naturaleza cercana o lejana que se puede afectar; a las colectividades amplias y los habitantes particulares en su interacción; a sus historias, recientes y remotas que son memoria, es decir, la escala del hecho arquitectónico y, urbano muy generalizado ya, en el mundo contemporáneo, así como la longitud de la mirada en el tiempo deben ser asumidos en los procesos de enseñanza aprendizaje de una manera radicalmente diferente a los enfoques tradicionales. La arquitectura como cultura reorienta el sentido del actuar con un compromiso colectivo, de cuidar la vida en general y de intervenir los lugares en el respeto de lo que ya son, casi siempre lugares culturales y habitados para transformarlos en lugares habitables en su cultura.
Hasta aquí para cerrar, es claro que son muchos los aspectos omitidos y no por ello menos importantes, que también exigen una puesta en crisis de sus presupuestos para reemerger y consolidar líneas de transformación acordes con el tiempo actual y el futuro, por ejemplo, la tecnología, el modelo económico, la naturaleza, la conservación, la información, la investigación son algunos otros aspectos críticos en relación con la enseñanza-aprendizaje de la arquitectura que están en la bitácora del día a día presentes en ese proceso, pero sin profundas revisiones de lo que acontece en el complejo epistémico de la enseñanza en las universidades mexicanas.


Sin embargo, trabajos como los que ahora se presentan aquí también denotan el aliento que existe a favor de modificar el estado de inercia por el de una revisión crítica que construya o reelabore, de acuerdo con el mundo contemporáneo, los nuevos sentidos de la arquitectura.
arq. Blanca E. Paredes Guerrero
